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Dejó la escuela para llevar dinero a la casa


Dejó la escuela para llevar dinero a la casa

karen.vasquez@listindiario.com
Santo Domingo, RD
El sol esta igual de intenso que todos los días, el calor es abrumador, pero a pesar de esto, Andrés (n
ombre ficticio), debe salir a trabajar con todos sus utensilios para limpiar zapatos en una caja de limpiabotas. Ya su pequeño trapo está desgastado y el cansancio es notable, sin embargo, a las 10 de la mañana solo ha podido conseguir 15 pesos.

El día que conoció las calles; el ruido, la trampa de los que apuestan lo conseguido para tratar de conseguir más monedas, habían surtido efecto desde muy temprano, los rayos del sol se asomaban por su ventana y entonces la llamada de su madre a las siete de la mañana lo levantó de un largo sueño, le había puesto la ropa que debía ponerse, pero el mensaje era distinto a los otros días. Recuerda que el semblante de su mamá no era similar a cuando lo llamaba para ir a la escuela, esta vez, la misión del día no sería tomar apuntes en una libreta y escuchar al maestro explicar el tema del día, tendría que llevar dinero a la casa, para poder comer. Ya la caja de limpiar zapatos había sido comprada, a 250 pesos a un ebanista de la zona, y por tanto este día iniciaría la jornada laboral por primera vez.

A sus 10 años, debe enfrentarse con la realidad de las calles, los conflictos callejeros y a merced de cualquier malhechor que optara por despojarlo de sus pertenencias, por eso Andrés, anda siempre vigilante y no se fía de nadie tal y como relata. “Yo no confío en nadie, siempre tengo cuidado porque hay muchos ladrones que se atreven a robarle todo lo que uno ha conseguido en el día”, cuenta. Es tarde, y el hambre pretende hacer estragos en el vacío estómago de este niño, pero ha dialogado horas antes con la señora que vende frituras, para que su almuerzo se lo deje un poquito más barato y así poder ingerir una de sus comidas favoritas: el pollo frito. Hace días que en su casa no se cocina una “comida buena” porque hay poco dinero y su madre no trabaja, porque se encarga de atender a sus pequeños hermanos.

Su papá a veces “concha” (mototaxi), en una motocicleta prestada por uno de sus vecinos, lo que le da para al menos llevarse una migaja de pan a la boca. Andrés, en tanto, tuvo que abandonar la escuela y dedicarse a tiempo completo a este nuevo oficio.

Mientras se sienta a la espera de un nuevo cliente, a la multitud de personas que pasan diariamente por la intersección de las avenidas 27 de Febrero y Luperón les llama la atención este pequeño, quien con una sonrisa les devuelve la mirada a aquellos que miran fijamente sus grandes ojos verdes. Los días “buenos” logra conseguir de 500 a 600 pesos, y con eso puede colaborar con la comida de su familia, pero hay días en los que solo llega a reunir unos 200 pesos, por lo que se le dificulta la compra de los ingredientes para su almuerzo. Sus días son una combinación de fatiga y necesidad, a su corta edad ha aprendido que debe levantarse a “buscar el peso” desde temprano por lo que ha tenido que sustituir sus juguetes por el líquido negro y el trapo para limpiar zapatos. Su mirada es perdida y desconsolada, su vestuario está lleno de mugre producto del humo de los vehículos que diariamente transitan por ambas vías y sus manos están particularmente sucias.

Muchos de los que se interesan en limpiar sus zapatos, se acercan a él, y enseguida reciben el servicio, tan solo colocan sus zapatos sobre la improvisada caja de madera y el niño comienza a limpiarlos muy deprisa, sin perder el tiempo y a fin de evitar que ningún otro “colega” haga el trabajo por él.

Caída la tarde, se pone a contar lo recaudado del día, y calcula cuanto debe darle a su mamá quien espera ansiosa a que él llegue, su padre, por su parte, si “es su día de suerte” y consigue que le sea prestada la moto, también logra conseguir algunos pesos que luego serán relectados por su esposa, quien es la que se encarga de comprar los alimentos que serán consumidos por la familia.

La psicóloga Yineiris Encarnación destaca que en estos casos de trabajo infantil pueden acarrear problemas de baja autoestima, ya que sus “amiguitos” los observan trabajar y eso tiene “un peso emocional muy grande”.

Asimismo, la especialista apunta que en los casos en que los niños hayan sido víctimas de algún evento traumático en las calles,  puede generar secuelas que desencadenan el estrés postraumático. La experta señala que muchos de los pequeños desarrollan una “madurez precoz” por el ambiente donde se desenvuelven y por ser víctimas de violencia, también son propensos a contener más ira. De igual forma, puntualiza que estos niños “normalizan” los acosos a los que se ven expuestos.

CIFRAS

Trabajo infantil en todo el mundo De acuerdo con datos del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), a nivel mundial, uno de cada diez niños se encuentra en situación de trabajo infantil y en África uno de cada cinco.

Cifras en América Latina En América Latina y el Caribe hay aproximadamente 17,4 niños y niñas trabajadores (un 16% de los niños y niñas de la región trabajan; ocupados en la producción económica.